En medio del exceso de información y pesimismo en el que respiramos, las noticias vienen y van, siendo todas parecidas, creando olas de polémica e indignación y siendo luego cruelmente olvidadas o archivadas en el baúl de las noticias pasadas. Es ésta la sociedad en la que parece que vivimos, la sociedad de la inmediatez, del entretenimiento, de las redes sociales y del usar y tirar. La sociedad del espectáculo, dice Mario Vargas Llosa en un ensayo enormemente acertado y de valiosas reflexiones, que, si bien no todas las comparto, me parecen muy interesantes y provocadoras.
Hoy en día existe una dependencia del mundo que se genera en la política. Actualmente,opinión es cualquier cosa. La democracia del tiempo actual en España es el la de la opinión generalizada, en donde los criterios de valoración y crítica son preocupantemente, mínimos. Se ha identificado la libertad con la capacidad para pronunciarse sobre cualquier tema y lo que es peor, con el hacerlo de cualquier manera. Opinamos sobre hechos, formas de actuar o de expresarse, modos de vida, vestimenta ajena, religiones, creencias, opciones políticas o dietas. En cambio, cuesta pronunciarse sobre aquellas cosas que más nos afectan, como la economía, el tipo de sociedad que estamos construyendo o el modelo de universidad que realmente queremos. Es decir, me refiero a que poder valorar criticamente ciertos temas complejos de manera constructiva, aportando alternativas, o al menos hacerlo demostrando una mínima capacidad de análisis, es algo que nos resulta realmente complicado.
Esta tendencia a la banalización se ve reflejada en la campaña electoral a la que toda la sociedad catalana está asistiendo. Nuestros representantes se limitan a decir lo mismo de muchas maneras distintas. Basan todos sus discursos, día tras día, mitin tras mitin, en dos o tres sencillas ideas tan rotundas que incitan a dudar. Apenas explican caminos posibles, políticas económicas o sociales. Se oyen, la mayoría de las ocasiones, verborreas parecidas y confusas, que siguiendo distintas estrategias de partido y retóricas con estilos diversos, representan, al fin y al cabo, pura repetición.
Sin embargo, ello es comprensible ya que desde las esferas de poder se tratan ciertos temas como si los ciudadanos no pudieran acceder a ellos, es decir, como si no pudieran opinar sobre ciertos aspectos considerados técnicos o científicos. Creo que esto constituye un grave error, ya que, en primer lugar, aleja el debate fundamental y relevante de las calles. En segundo lugar, hace vulnerable al ciudadano medio ante todo tipo de manipulaciones conscientes o inconscientes que le vienen a uno de todas partes. Contribuye a crear millones de personalidades parecidas, influídas todas por los mismos patrones, incapaces a menudo de hacerse a sí mismas o de negarse al conformismo. Por último, ello simplifica hasta un nivel contraproducente la opinión que cualquier ciudadano pueda tener sobre lo que le rodea, mediocrizando el debate y despojándole de la riqueza que éste podría tener si se permitiera que el pueblo pudiera participar más activamente en la vida social y política.
Cuesta, aunque se quiera, poder desarrollar las capacidades cognitivas. El medio en el que nos desarrollamos no lo pone fácil. ¿Sabíais que en la televisión pública alemana en los horarios de máxima audiencia se emiten debates sobre filosofía? Mientras allí los ciudadanos se empapan de la cultura heggeliana, kantiana o de Heidegger o Freud, aquí lo mejor que se puede ver en la tele es Salvados, el 30Minuts o, antes, las ruedas de prensa de Guardiola. Más allá de esto, todo lo que le espera al telespectador catalán o español a las 22 de la noche de un día entre semana son programas de insólito nivel como La Voz o Quién quiere casarse con Mi Hijo?… Por mencionar las primeras perlas que me han venido a la mente.
Hay opinión sobre todo, pero no parece haberla sobre nada en concreto en lo que seamos capaces de profundizar. En términos generales y abstractos, sobre lo que es la realidad, hay opiniones de todos los tipos. En la posmodernidad de hoy absolutamente todo se somete a revisión constante….¡Y el resultado de ello es que hasta de los hechos se puede opinar!
Pero, paradojicamente, el sistema democrático actual no presenta a deliberación las cuestiones más fundamentales, mientras que nos sumerge en una rehala de opiniones generalmente poco documentadas. La mayoría de decisiones que nos afectan hoy en día, ¡NO son directamente consecuencia de nuestro voto! ¿Por qué no se realizan más referéndums? ¿Qué mejor símbolo hay sino de la democracia auténtica que la participación directa? Sólo a través de este mecanismo, el ciudadano se vería más implicado y sus incentivos para informarse y tomar decisiones elaboradas y fundamentadas en un conocimiento más o menos sólido aumentarían.
Y… no nos engañemos, por favor. La responsabilidad es de todos, los políticos que tenemos los hemos elegido nosotros. Algunos afirman que tenemos ahora lo que nos merecemos como sociedad. Me niego totalmente a conformarme con esa explicación. Mi naturaleza me lo impide. La verdad es, no obstante, que para poder construir un futuro mejor sobre el que levantar las nuevas bases de un sistema sostenible que pueda satisfacer las necesidades de las generaciones presentes, sin comprometer el bienestar y supervivencia de las futuras, todos deberemos reconocer nuestra parte de culpa. Todos cometimos excesos, no con mala fe, pero como consecuencia indudablemente de la dinámica perversa provocada por los años de boom económico. Todos creímos ser más de lo que éramos, todos soñábamos con ése crédito, ése coche, ésa segunda residencia en la costa y ésas vacaciones en crucero. Mientras tanto, otros se lamían los labios con aeropuertos que aparecían en los sitios más inesperados, con AVEs que llegaban a cualquier parte o centros deportivos municipales llamados a ser ejes centrales de la rehabilitación social de ciertas zonas que siguen hoy, por desgracia, igual o más muertas de pena.
Los que ahora no pueden pagar sus deudas firmaron préstamos hipotecarios que sabían que en condiciones normales difícilmente podrían pagar, todos han querido subidas de salarios nominales año tras año, aunque dudaban que su productividad y rendimiento hubiera subido lo suficiente como para justificarlos (…). Los políticos no quisieron adoptar medidas cuando aún estaban a tiempo, debido, en parte, a la gran impopularidad que estas causarían, presionados por una sociedad incapaz de comprender que en algunos momentos uno tiene que apretarse el cinturón y que se negaba, rotundamente, a aceptar que la fiesta debía acabar. Todos quisimos vivir en la ficción de que éramos más ricos. No hace falta decir, por supuesto, que es ahí donde la responsabilidad política juega un papel indiscutible, es en ese momento cuando los líderes preparados deben dar el ejemplo y desmarcarse para jugar en favor del interés general en el largo plazo. ¿Qué ha ocurrido? Todo lo contrario, por supuesto.
Hacen falta muertes para que PP y PSOE decidan intentar llegar a un acuerdo para la suspensión temporal de la ejecución de los desahucios. Los acuerdos siempre vienen cuando algunos más eso les conviene, ¡uy!, casualmente, en campaña electoral. En cambio, cuando se trata de reformar una Constitución algo vieja y amarillenta para que Cataluña realice un referéndum que verifique la existencia de una supuesta mayoría soberanista entonces no, entonces nuestra amiga la Norma Normarum es intocable (¡que no para cumplir con los criterios de déficit, evidentemente!).
Nos encanta debatir con los amigos, familiares o conocidos sobre los más variados temas. Incluso de aquellos de los cuales somos conscientes que tocamos poco, pero bien poco. Nos ocurre a todos, nos contagiamos de la libertad opinadora que existe en la sociedad actual. Quien no opina parece tonto, lelo, poco implicado, al margen de todo contexto. Me ocurre a mí con frecuencia, cuando a veces escribo un artículo, me marco un speech en un debate entre amigas o asisto a una tertulia y luego, tras reflexionar detenidamente mientras intento realizar un análisis más exhaustivo, me doy cuenta de que no debería haber realizado tal o cual afirmación, y mucho menos haberlo hecho con ésa contundencia.
Es agradable intercambiar ideas además de muy enriquecedor y sano para cualquier mente inquieta.Rodearse de un grupo de personas interesantes con cabecitas abiertas y preguntonas que tengan ganas de hacer una pequeña diferencia en su mundo es algo realmente gratificante. El entusiasmo es contagioso, y el conocimiento y la curiosidad por tenerlo, también. No obstante, últimamente pienso que hay una preocupante falta de voluntad de objetividad en las opiniones que indiscriminadamente lanzamos a lo largo del día. Evidentemente que tras ellas hay una determinada reflexión, unas lecturas, unas ideas legítimas. Pero ello no quita que, inconscientemente, de manera frecuente adoptemos un rol, un papel en el mundo que queremos interpretar porque ello nos parece noble, perdiendo así, poco a poco, la capacidad de análisis crítico, metódico y con voluntad de ser aproximadamente objetivo. Al querer justificar eventos y conductas desde la perspectiva que un día decidimos adoptar, llámese derechas; izquierdas; centro; socialdemocracia; apoliticismo; progresismo; liberalismo o conservadurismo, perdemos la voluntad de intentar ser verdaderos árbitros observadores de la realidad, y con ésta pérdida se aleja una de las más fuertes armas en contra del populismo. Hace falta, desde mi punto de vista, muchísima más reflexión personal, desde la individualidad de cada uno. El hecho de ser capaz de construir pensamientos propios es algo muy complejo que no se realiza de manera colectiva, sino que requiere de cierto grado de introspección personal y voluntad de esforzarse en pensar. Hoy en día, aquel que intente encontrar una fiel descripción de la realidad, lo tiene realmente difícil ya que apartarse de todo el ruido flotante alrededor de ciertos temas intrínsecamente complejos requiere un ejercicio intelectual profundo, complejo e individual.
Para mañana miércoles 14 de noviembre hay convocada por UGT, CCOO y laPlataforma Prou Retallades una nueva huelga general. Es la octava huelga general en tiempos democráticos, la segunda desde que Mariano Rajoy gobierna y la tercera desde que empezó la crisis. Esta fecha se enmarca en una fecha de movilización global impulsada por la Confederación Europea de Sindicatos para tratar de combatir las políticas de austeridad aplicadas en la gran mayoría de gobiernos europeos. La mayoría de españoles cree que hay motivos más que suficientes que justifican la parada, pero, según un sondeo telefónico realizado en Cataluña por La Vanguardia publicado ayer, la mayoría no piensa secundarla. Los ciudadanos parecen haber perdido fe alguna en que el mayor instrumento de movilización y protesta que posee el pueblo en una democracia pueda tener efecto alguno. Uno de los muchos motivos, quizás, es que esto de las huelgas generales ha dejado de ser algo extraordinario, lo que ha contribuido, creo, a que éstas pierdan su poder y capacidad de influir en las altas esferas u órganos de poder.
Ello debería ser muy significativo para el conjunto de la clase política de nuestro país, quienes estos días se encuentran inmersos en su campaña electoral. Ellos, se reprochan día tras día exactamente los mismos defectos, añadiendo de vez en cuando algún disparate que hace temblar a los que poseen un mínimo de sentido común. Nadie puede hablar realmente de política económica, y mucho menos de propuestas concretas, porque saben, o eso espero, que el margen que tienen es realmente escaso.Básicamente vivimos por y para la dictadura de los mercados, intentando satisfacer ciertos criterios de estabilidad presupuestaria para tratar de cumplir unas expectativas, procurando ganarnos la confianza de los denominados inversores o tenedores de bonos que, en fin, bueno…¡Hay quién los pillara! Es en su conjunto, un escenario que, siendo analíticamente coherente, sólido y muy comprensible para el estudiante o académico, resulta a efectos de la realidad social y económica que nos ocupa realmente triste y penoso.
El sistema económico y financiero, creado en un principio para favorecer y promover el bienestar general, ha pasado ahora a condicionarlo e incluso amenazarlo. Con ello quiero decir que, hasta donde yo he entendido, la realidad es una, y aunque un gobernante en España tiene un mínimo de poder de decisión en el diseño de la política fiscal, éste cada vez es menor, por lo que la capacidad de hacer promesas de los aspirantes se reduce y mucho, siendo así muy poco creíble aquel que prometa demasiadas maravillas.
Quien desee secundar la huelga el próximo día 14 que lo haga libremente, siendo respetado y seguro de estar ejerciendo un derecho legítimo, constitucional, respetado y garantizado. Quien decida no secundarla y llevar a cabo sus actividades cotidianas, en la medida que éstole sea posible, que así lo haga sin complejo alguno y falto de coacciones, recibiendo el máximo respeto de todos los que hayan tomado una decisión distinta.
Decidamos lo que decidamos, estaremos reivindicando de una manera u otra, y lo peor que podemos hacer es discutirnos por ideologías que no lo son tanto. Demos nosotros el ejemplo que no nos dan nuestros representantes en esta campaña. Siempre desde la reflexión y huyendo de la simplificación predominante, seguimos fomando parte de un mismo colectivo que no quiere excluír a nadie. Somos ciudadanos que, aunque también cometimos errores, víctimas de lo que el propio sistema nos permitió creer, ahora luchamos por vivir dignamente, esperando alguna señal que dibuje algún trazo del camino de salida e intentando arrancarle al sol de invierno, que asoma ya timidamente, una pizca de optimismo para cada mañana.
[Artículo originalmente publicado en Pompeunomics, el 13 de noviembre de 2012]




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